viernes, 11 de julio de 2008

Beyond


Jamás me verán correr, podrán sentirme rozar sus pieles, podrán sentirme empujándolos o llevándolos a mi gusto. He intentado arrancarles pertenencias que llevan consigo cuando las descuidan o pareciesen ser demaciadas. Pero también puedo acariciar sus tristezas si se lanzan hacia mí. Cuenten con mi ausencia y mi presencia, no cuando la busquen, cuando sea que sea y no sea.

Puedo enfriarlos, puedo acogerlos, envolverlos de mi estado de ánimo, aun que parezca injusto diciéndolo así, para eso estoy. Para llevar la hoja que cae del árbol a dar un paseo para luego descansar en el suelo.

El encargado de desviar la lluvia de los caminos en mantención para evitar conflictos mayores con los encargados.

El Sol me hace alborotar para que lo cubra para descansar, me llaman en la noche para mantener a la muchedumbre en sus casa, y los que osan salir en mi presencia terminan en cama la semana siguiente, y la siguiente y quizás, si es que tienen mala suerte, la siguiente.

Sentémonos a oír, oigamos su pasar por los árboles, por las casas, las ventanas, los desastres y cualquiera sea el lugar por donde pase.

Inventemos el más allá.
Cortemos la claridad.

lunes, 30 de junio de 2008

Frágil voz.

Se me salta el teclado
Se me borra lo que escribo
Tengo gel en el pelo
Me duelen los ojos de la pintura
Fue un lindo día
Pero ahora tengo rabia
Rabia y pena
Quiero sentir esta rabia
Quiero sentir esta pena
Quiero llenarme de ella
y tirarla conmigo al vacío.
Tengo los dientes apretados
Los labios en pedazos
Los gritos en el oído
El llanto amarrado en la garganta

La cabeza contra la pared
La sien en el límite
No tengo límites
No tengo respuestas
Pocas palabras
Sin sonrisas

Tengo el frío en el pecho
La primera lágrima me determina
Me mata
Y ojalá después
me reviva.

miércoles, 11 de junio de 2008

Verbalización


Aire tiempo timbre sí cortar derechos botellas ocio fútbol caída igualdad íntimo verdad gritos dientes flores sospechas simpleza esfuerzo naranja valor manjar bufanda interrupción corrección angustia cansancio datos frío sangre hora piedra sonidos puerta desaparecida encierro zapatillas-blancas loqueros estupideces terror-a-las-risas prepotencia cállate características interrogación susurros sacudir ofensas desesperación sueño granos chocolate fuccsia rayas utilidad silencio mentira momento rascar picazón selección-natural jugo melón no cruz morder música adelante nombres cooperar aviso.


Love of my life.

Par de físicas horas lateras.

lunes, 26 de mayo de 2008

Al vuelo en mi cabeza.

Vuelta. Giro. Forma. Brillo
Cálido azúl
Cálida lluvia que cae sobre mí.

Fuego clandestino, ilusión.
Caminos tardíos, desilución.

Dispersión, energías galácticas, mi voz.
Tu amor, bañado en chocolate, criminal.

Espiral es mi cabeza
espirales y frambuesas
dulce y salado
tu cuerpo y tu alma acabado.

Me provoca tener sueño
ser avión y estar al vuelo
incendiarme y explotar
pasaré la vida sin respirar.


Misterios en tus sueños
escenas en los míos.
Nubes negras, corre el día.

Imperfección. Duda. Pura azúcar. Pura brisa.

Empújame
déjame caer del precipicio
al río, al vacío
a mi soledad.

lunes, 19 de mayo de 2008

Tiempos de lluvia


De golpe despertó, se levantó de la cama y corrió afuera.

El reloj marcaba las 00:00 hrs. Ni más ni menos.

Sacó un cigarrillo del bolso que llevaba consigo, lo prendió nerviosamente pasando a llevar su dedo con la llama del encendedor.

Sentía como sus movimientos se atarantaban unos sobre otros, como ninguno lograba terminar antes de que comenzara el otro, y la desesperación de cada uno hacía que su intranquilidad fuese más y más evidente.

El humo del cigarrillo se veía aumentado. El vapor blanquecino que emanaba de su boca por el sólo hecho del frío, era bastante.

Las piernas le temblaban, y también las manos al llevárselas a la boca.

Inspiraba, llenaba su boca de humo, aspiraba, y exhalaba.

Sencillo, común, pero mortal. Quien lo diría, casi trivial.

La noche la rodeaba, el bajo cielo oscuro, negro.

Una luna ausente casi en su totalidad, frívola.

La puerta de la casa se mantenía abierta gracias a una piedra que había por allí cerca, se veía entrar la brisa congelada de afuera hacia dentro, como se repartía, como inundaba de triste soledad la casa.

Cuando el reloj marcaba las 2:45 a.m., entró.

El frío parecía ser peor dentro que fuera. Cerró la puerta con fuerza y se dirigió a su habitación en el segundo piso.

Uno a uno, arriba, arriba, paso, paso, paso. Llegó.

Las paredes estaban rasgadas, los ataques de furia residían en cada rincón. El papel tapiz, rasgado, aún se veía en algunas partes.

Boca abajo se estiró en la cama, la almohada húmeda contra su cara. El despertador no marcaba la hora porque yacía en pedazos a un lado de la cama, pero el reloj que seguía funcionando en la cocina, marcaba las 3:00 a.m.

Se hallaba atada de brazos y piernas, forcejeando entre gritos y gritos.

- ¡Mátenme ya! ¡Mátenme de una vez que quiero libertad!

El frío le recorría el cuerpo, las lágrimas entorpecidas se mezclaban con la sangre que salía de su nariz.

Cada tanto alguna resbalaba dentro de su boca dejándole un sabor a sal desagradable, la angustia la empezó a marear, la sangre no cesaba y justo antes de morir, despertó.

6:30 a.m.

Despertó machada en sangre, la nariz, la boca y el cuello.

Sentía arderle la frente, el cuello, el estómago.

El televisor se había encendido, haciendo retumbar la casa con el exceso de volumen. Con el dolor del cuerpo se levantó de la cama con torpeza y desenchufó el aparato. Estaba viejo y loco, no se le podía culpar, estaba todo lleno de polvo y de años.

En el baño se limpió con agua fría y una toalla que ahora lucía manchas rojas por todas partes. Una vez limpia tiró la toalla a la basura, volvió a lavarse la cara, tomó su pelo en un moño y volvió a su habitación.

Tuvo miedo de volver a dormir, así que siendo las 7:15 a.m. bajó a la cocina, encendió la radio. Ray Charles, llevaba dos semanas sonando el mismo disco.

La pila de platos sucios se mantenía intacta, pedazos de otros platos aún quedaban en el suelo. Sobre el refrigerador había muchas cajas de cereal en su mayoría vacías. Las agitó hasta encontrar la que aún tenía. Tomó la caja de leche blanca y vertió su contenido dentro de la caja de cereal.

Tomó una cuchara de la gaveta de los cubiertos, notando que le era imposible comer bien, dio vuelta la caja en un plato y salió de la cocina.

Tocaron a la puerta.

- ¿Sí? ¿Quién es? –

- Señorita Consuelo, soy yo, Carolina –

Abrió la puerta enseguida.

Carolina era una joven de corto pelo rubio, llevaba enormes aros negros y una sonrisa extensa que llenaba su cara.

- Buenos días Carolina –

- Buenos días señorita, vengo a ayudarle con la casa, como le dije que vendría cuando pasó por la tienda –

- Ah claro, adelante. –

Subió las escaleras con la joven detrás, al ver la pieza desgarrada y la cama cubierta de sangre no hizo mayor expresión.

- ¿Dónde puedo encontrar sábanas limpias?

- En el closet del pasillo. Me voy a ver la televisión abajo, llámame si necesitas algo.

Saco unas relucientes sábanas amarillas del closet y se dirigió nuevamente a la habitación. Cogió cada pedazo de papel tapiz que pudo rescatar del suelo y los apiló en un rincón.

Recogió los pedazos del despertador destrozado y los arrojó a la basura con los demás papeles, bolsas, etc.

Aunque hubiese querido llamar a Consuelo, ésta no hubiera escuchado, la sala de la televisión estaba muy bien aislada y poseía un par de puertas muy firmes. Para su suerte nunca necesitó llamarla.

Luego de cambiar las sábanas, cogió pegamento de su bolso y comenzó a pegar el papel tapiz que había apilado a la pared, pedazo a pedazo la pared dejó de verse tan triste, no era una obra de arte, pero al menos no se veían espacios rasgados ni arañados.

Cuando intentó abrir las cortinas éstas estaban tiesas, no parecían haberlas movido hace años, tuvo que ir a buscar una silla, pararse sobre ella y forcejear. Luego de unos minutos cedieron, pero la pelea siguió cuando quiso abrir las ventanas.

Sin nunca perder la calma logró dejar las cortinas a los lados y las ventanas abiertas, el aire empezó a circular y la habitación se llenó de luz y aroma a primavera.

Aunque el olor probablemente provenía del aerosol que Carolina se había molestado en esparcir antes de irse.

- ¡AAH! POR QUÉ, ¡DIME POR QUÉ ME HACES ESTO! – desenfrenada se agitaba en el suelo, tenía los ojos cerrados, estaba soñando. Nadie la escuchó, nadie la escuchaba, esa sala había sido muy bien construida.

Carolina ya estaba en la cocina lavando los platos, las tazas, los vasos, los cubiertos, y las miles de ollas y sartenes que tenían grasa y alimentos pegados.

Sin seña alguna de asco lavó cada una de las cosas que estaba sucia, luego las secó y las guardó. Trapeó el suelo con lo que encontró y antes de irse se aseguró que la cocina se impregnara de aroma a primavera.

- ¡Ya me voy! ¡Si necesita cualquier cosa llámeme por favor! -

Cuando cerró la puerta al salir, el reloj marcaba las 10:43 a.m.

En la casa sólo se sentía el eco que había producido el cerrar de la puerta tras Carolina, la sellada pieza no dejaba escapar el sonido de la televisión y ella yacía, cansada, en el suelo.

Fue a las 11:12 a.m. cuando la lluvia empezó a agitar las ventanas, el viento a alborotar los árboles y las cortinas.

El ruido la despertó, tenía las marcas de la alfombra esculpidas en la cara, apagó el televisor y salió de la habitación.

-¿Carolina? ¿Sigues aquí? ¿CAROLINA? –

Ni siquiera el eco respondió a su pregunta.

Se dirigió a las escaleras y las subió.

Un vendaval, eso se encontró en el piso de arriba, las ventanas abiertas de par en par, las cortinas húmedas se agitaban con fuerza, el piso de madera mojado también. Corrió hacia las ventanas para cerrarlas pero estaban muy oxidadas y tiesas, con ambas manos las sacudió sin obtener resultado, con las manos las golpeó para moverlas pero éstas no cedieron.

Se desesperó, se puso a gritar mientras golpeaba las ventanas, pero éstas no cedieron.

- ¡La puta madre! ¡Por qué mierda no quieren cerrar!

Bajó corriendo las escaleras, abrió la puerta y salió al patio, mientras se mojaba miraba alrededor en busca de algo. Efectivamente la tormenta había destruido un árbol, agarró un grueso tronco y lo llevó adentro.

Una vez arriba, comenzó a golpear las ventanas con el tronco para cerrarlas, de a poco comenzaron a ceder, pero ella ya no se calmaba. Las manos le dolían por el rasgado tronco entre ellas, sus zapatillas estaban húmedas y no eran especialmente aptas para la lluvia.

Justo cuando golpeaba la última ventana para cerrarla, uno de sus pies se resbaló haciendo que perdiera el equilibrio dándole con el tronco un golpe al vidrio que estalló en pedazos en la habitación. Uno pasó cortándole la frente y otro la hirió en el brazo. Todos los demás quedaron repartidos en el suelo, la cama y el marco de la ventana.

Tiró el palo al suelo y se echó a llorar, el brazo le sangraba sin detenerse y aún conservaba el vidrio incrustado. Entró al baño y lo quitó con una pinza, se sacó el pañuelo que tenía al cuello y lo dio vueltas alrededor de la herida haciendo presión.

Ni siquiera notó el pequeño rasguño que tenía en la frente.

El reloj de la cocina ahora marcaba las 12:23 p.m.

En el refrigerador estaba la lista con los números de teléfono, muchos de ellos estaban tachados, sin mucho meditar tomó el teléfono y llamó.

- Cariño disculpa que te moleste, pero es que he tenido un problema y necesito ayuda.

- Si pudieses traer alcohol sería maravilloso, y vendas o algo por el estilo.

- No, no creo necesitar nada más gracias.

- Muchas gracias, te espero.

A las 12:35 p.m. llamaron a la puerta.

- ¿Se encuentra bien?

- Sí bueno, en realidad no es nada del otro mundo, pero tuve un accidente cuando intentaba cerrar las ventanas de arriba – enseñándole el brazo a la joven.

Carolina sintió pasar la culpabilidad por su espalda, su cabello estaba mojado y sus zapatos negros de barro.

- Vaya lo siento muchísimo, pero no se preocupe, traje lo necesario para curarla, y no se preocupe que yo me encargo de la pieza en cuando termine con usted. ¿Y lo de la frente también se lo ha hecho con la ventana?

- ¿Qué de la frente?- palpándosela con los dedos.

- Tiene una pequeña cortada, es tan pequeña que ni se dio cuenta, no es nada no se preocupe.

Carolina quitó el ensangrentado pañuelo del brazo de la mujer, ésta no hizo mayor alegato, desinfectó la herida y la cubrió con gasa, luego con una venda la enrolló.

Una vez listo eso, se levantó del sillón, tomó la pala y la escoba y se dirigió arriba.

El suelo de la habitación parecía aún húmedo, manchas de sangre describían un camino desde la ventana hasta el baño, trozos de vidrios reflejaban luz de vez en cuando haciéndose ver, sobre la cama y por todas partes en realidad. Un tronco grueso, austero, apoyado en la pared.

La lluvia no parecía haber alivianado el aire, pesadas nubes se extendían en el cielo, la oscuridad era mucha para tan temprana hora, el viento agitaba los árboles, la desesperación de las hojas que caían amontonadas al suelo.

Carolina pegaba pedazos de cartón y hojas de periódico a la ventana rota para evitar el paso del frío viento. Luego limpió la sangre del suelo y quitó cada pedazo de vidrió que encontró, barrió toda la habitación y se llevó el tronco con ella al piso de abajo.

- ¿Almorzó ya?

- No, ni siquiera lo había pensado, ¿qué hora es ya?

- La 1:15. Si quiere puedo preparar almuerzo, ¿tiene algo acá?

- Debo tener, en la despensa puede haber arroz.

- Bueno, usted no se preocupe, yo veo que hacer.

20 minutos más tarde, Carolina preparaba carne y arroz.

- Disculpa, ¿no has sabido nada de él?

Carolina palideció, Consuelo había entrado a la cocina, sus ojos estaban hinchados, y su expresión parecía la de alguien que acababa de despertar de un largo sueño.

- No he sabido nada de nada, ya he llamado a varios de sus amigos y nadie sabe de él. Perdón – dicho esto volvió la cabeza y fijo la mirada en la olla.

Consuelo dejó la cocina, con los ojos y la cara llenas de lágrimas, corrió afuera y se echó al suelo a llorar. El suelo estaba mojado, ahora ella también lo estaba, ahora chispeaba y el viento amenazaba con volver a agitar todo.

1:50 p.m.

Efectivamente, el viento empezó nuevamente a descontrolar el alrededor, la lluvia empezó a golpear nuevamente con fuerza, Consuelo, inmóvil en el suelo, se ahogaba entre lágrimas y lluvia.

Carolina apareció en la puerta, horrorizada se puso a gritar.

- ¡Salga de ahí! ¡Señorita Consuelo! ¡ Se va a enfermar, venga adentro!

Pero Consuelo parecía no reaccionar. Seguía en el suelo, llorando.

Carolina corrió, la tomó por ambos brazos para levantarla, se la echó encima y la llevó adentro. La apoyó en el sillón y se fue a buscar ropa seca y toallas.

La seco y le entregó la ropa para que se cambiase. Luego de mucho insistir, Consuelo se levantó y se dirigió al baño.

Humo comenzó a salir de la cocina, algo se quemaba, pero Carolina estaba más preocupada por la inerte Consuelo que de la comida.

Fue a la cocina y cortó cada fuego que estaba prendido, sacó del horno la quemada carne, rescató la que pudo y sirvió dos platos.

Consuelo apareció, fría y blanca, en el comedor. Se sentó y su cuerpo tiritaba, Carolina fue en busca de abrigo y la arropó lo que más pudo, pero Consuelo no parecía mejorar.

Por primera vez Carolina sentía que perdía verdaderamente la calma, sentía que la desesperación la inundaba por dentro y resolvió abrazar a Consuelo y arroparla con sus brazos, de sus ojos brotaban lentas y pausadas lágrimas que recorrían sus mejillas hasta caer.

- Podemos ir a buscarlo, son las 4:30, aprovechemos la poca luz que nos queda –

- Está bien -

Carolina tomó las llaves del auto y ayudó a Consuelo a llegar a él. El viento y la lluvia habían cesado.

Dieron vueltas y vueltas en el auto, mirando los callejones, los quioscos, las tiendas, etc.

Pasaron dos horas y media, y ya perdían las esperanzas.

- Devolvámonos, ya está oscureciendo y no me gusta este barrio en la noche –

- Quizá tenga razón, podremos seguir buscando en la mañana.

En el camino de vuelta, las calles de a poco se empezaron a llenar de grupos de personas, en una luz roja, en una de las casas se abrió la puerta de golpe.

Apareció un hombre, que ninguna de las dos pudo distinguir en la oscuridad, empujando a otro hombre que se movía con dificultad, lo tiró al suelo y lo pateó.

Consuelo pasmada bajó el vidrio.

- ¡Maldito hijo de puta! La próxima vez que te vea por aquí te mato, ¡que no te quepa duda que te mato!-

Dicho eso volvió a entrar a la casa cerrando la puerta tras de sí.

- ¡Manuel!¡Hijo! ¡Carolina, es él, está todo herido, detén el auto rápido! –

Carolina abrumada, estacionó el auto a un costado y ambas se bajaron.

Manuel no se movía inconsciente en la acera, su cara ensangrentada y su cuerpo magullado. Lo tomaron entre las dos y lo metieron en el auto.

Sus muñecas estaban moradas, tenía la nariz rasguñada y probablemente rota, la boca llena de cortes y asimismo el cuello.

A las 7:30 p.m. ingresaron al hospital, Manuel aún no recobraba la conciencia.

Fue a las 7:50 p.m. cuando pudo hablar.

- Hijo mío, ¿qué te hicieron? Por dios explícame que hacías ahí.

- Hace dos días descubrí que uno de ellos fue el responsable de la muerte de papá, me propuse encararlo hasta que se arrepintiera, llevaba una navaja y un revolver, no pensé con claridad. Cuando los encontré de noche en la calle, y me propuse pelear, aparecieron muchos y alguno de ellos me pegó por atrás.

La próxima vez que abrí los ojos estaba atado de brazos y piernas, me quitaron la navaja y me hicieron lo que ves – Manuel y su madre lloraban, angustiados pero aliviados también de haberse encontrado.

Carolina esperaba afuera, no se sentía capaz de entrar. No después de todo lo que había pasado en el día.

Consuelo por su parte, comenzó a recordar los extraños sueños que había tenido durante el día, la sangre, las cortadas. Cuando iba a contarle a Manuel algo pasó, porque extraños pitidos salieron de máquinas, Manuel cerró los ojos, miles de doctores entraron a la pieza y la obligaron a salir.

- ¿QUÉ OCURRE? ¡QUÉ ALGUIEN ME EXPLIQUE QUE ESTÁ PASANDO!

Carolina exaltada se dirigió a ella, pero ya no podían hacer nada.

Ambas abrazadas, se echaron a llorar y luego de un rato se dirigieron afuera.

A las 12:00 de la noche Manuel dejó definitivamente de respirar y fue declarado muerto, la lluvia remecía nuevamente la ciudad.

Al día siguiente Consuelo adoptó a Carolina como su hija.

viernes, 11 de abril de 2008

TOMA TÉ

Cuando tenía cinco años, entré a un colegio que quedaba cerca de mi casa, no tenía muchas amigas, pero sí tenía un par que eran las mejores, nos amábamos.

Cuando cumplimos seis ya éramos inseparables, éramos las TOMA TÉ. La Tona, la Tere y yo, la Manuela.

A la Tona le encantaba decirme Macanuela, porque decía que yo era su amiga más macanuda de la tierra, pero las otras personas me decían Mane.

Súper de cabra chica, pero en esa andábamos, nos creíamos la muerte y la pasábamos demasiado bien juntas.

Siempre nos juntábamos a tomar té y a jugar a las muñecas, en realidad era una gotita de té con mucha leche blanca, pero no importa, la cosa era que tenía té.

Cuando cumplimos doce años, la cosa empezó a cambiar, empezamos a pelear, a sufrir.

La Tona se puso anoréxica, y se empezó a deprimir, como a hundir en sí misma.

Al año siguiente no volvió al colegio, un día escuché que su mama le contaba a mi mamá por teléfono mientras lloraba.

- ¡No sé como no nos dimos cuenta antes! Soy la peor madre que existe, entró en coma, en la clínica nadie me da esperanzas, la hemos llevado con alrededor de diez médicos, nadie sabe que hacer, esto no es normal, esto no se supone que termina así, no lo puedo entender, ¿¡POR QUÉ MI HIJA!? ¡POR QUÉ! –

No lloré, pero si sentí como dentro de mí, algo se volvía negro.

Pasaron dos años, nunca más supimos de la Tona, ni de su madre, ni de su hermano Andrés.

Al Andrés yo siempre lo amé, en realidad siempre nos amamos.

Cuando yo iba a la casa de la Tona, y con la Tere se iban a ver la teleserie yo me escapaba con el Andrés y nos subíamos al techo. Siempre nos llevábamos chocolate, o lo que encontrábamos por ahí.

Con él yo me sentía increíblemente grande, era como apasionado, arriesgado, me encantaba.

Mi primer beso, se lo di al Andrés.

Me acuerdo que estábamos viendo el atardecer, estaba especialmente lindo.

Pasó su brazo por detrás de mi espalda y me acercó a él.

Dejé caer mi cabeza en la suya.

Cuando ya se perdía casi por completo el color del cielo, habló.

- Mane, ¿te quedarías conmigo para siempre?-

Me giré hacia él, y nuestras narices se toparon. Respiraba lo que salía de su nariz, sentía el aire tibio que exhalaba sobre mi cara.

Levantó la vista y nuestros ojos se toparon, no sentí la necesidad de mirar hacia otro lado, él era mi sueño de siempre, una sensación inmortal.

Ladeó su cabeza unos centímetros y me besó.

Ese momento lo recuerdo como si lo viviera cada día, a cada momento. Sus labios sobre los míos, sin propósito, sin apuro. Con pasión, con tranquilidad, como él, perfecto.

Al día siguiente, la Tona se desmayó en el colegio.

Con la Tere nunca hablamos del tema, nos era difícil, pero más que nada nos era doloroso.

La Tona era la más enérgica de nosotras dos, con la Tere nos queríamos mucho, pero nuestro lazo más potente, era sin duda alguna, la Toni.

Cumplimos quince, y fue al término del primer semestre escolar que la Tere se fue del país porque su madre se ganó una beca.

Ahí si lloré.

Nos habíamos acompañado siempre, incondicionalmente, perdernos era como el fin del mundo, o al menos así lo sentíamos.

Éramos más que inseparables, éramos como hermanas, y que nos separaran nos rompió el corazón a ambas, pero prometimos seguir en contacto, y con ésta promesa, se marchó.

Las cosas no fueron fáciles, le escribía todos los meses grandes y extensas cartas.

Pero en el colegio, no quería andar con nadie, no me sentía capaz de confiar en nadie, empecé a sentirme cada vez más sola, más triste, mas ahogada.

Recordé a la Tona, como me estaba pareciendo a ella en esa época justo antes de que cayera en coma.

Sabía en que podía terminar si me dejaba caer así, no podía permitirlo.

Me armé de valor, y me acerqué a una niña que no tenía mucha gracia, pero y bueno, uno nunca sabe.

La Jacinta, era alta y blanquita, ni muy flaca ni muy gorda, ni linda ni fea, dependía del tiempo, esa teoría jamás me la saqué de la cabeza. Con el sol se ponía radiante, pero bastaba que se pusiera a llover para que se viera tétrica, incluso asustaba, porque se veía pálida, muy al estilo de un personaje de Tim Burton.

De a poco nos fuimos conociendo, y me encontré con una persona bastante interesante. La Jacinta estaba decidida a estudiar música, cantaba como una diosa, era impresionante.

Y así, juntas, llegamos a cuarto medio.

Yo no tenía claro que quería hacer de mi vida, pero mi mamá me había regalado un viaje a Londres para el próximo año, por lo que aún me quedaba un año para pensar y todo eso.

Le mandé una última carta a la Tere antes de partir, le conté como estaba todo y me despedí de ella hasta nuevo aviso.

Terminadas las vacaciones, fui a dejar a la Jaci en su primer día y una semana después pasé a su casa a despedirme y partí al aeropuerto.

Llevaba una maleta y un bolso de mano que me había mandado la Tere para navidad, estaba muy ansiosa, no sabía que me esperaba y eso me encantaba.

Cuando subí al avión busqué mi asiento, daba hacia la ventana.

Llevábamos dos horas de viaje y vi reflejada a una azafata en la ventana, se había detenido un segundo frente a mí y luego había seguido su camino.

Despegué la frente de la ventana para llamarla, pero antes de abrir la boca para hacerlo noté que había un sobre encima del asiento de al lado.

Éste decía mi nombre.

Lo abrí y saqué un papel que había sido doblado a la mitad y afirmado con un pedazo de scotch, un chocolate y una flor.

Quité el scotch y abrí el papel.

Una lágrima de emoción resbaló por mi cara.

MANE, ¿TE QUEDARÍAS CONMIGO PARA SIEMPRE?

Con una desordenada caligrafía y una brillante tinta negra.

Tuve el impulso de pararme y empezar a buscarlo, pero algo dentro de mí tenía claro que él no estaba dentro del avión.

Después de conocerlo y enamorarme de él, había aprendido a reconocer su presencia, así a veces lograba topármelo en el colegio, o en la calle.

Impresionante, después de todos estos años, de todo lo que pasé, de todo lo que nos perdimos el uno de otro, aún lo amo, incondicional y perdidamente, lo amo.

Pasé gran parte del viaje imaginándolo, tratando de adivinar donde estaría, recordé todas y cada una de las tardes que pasamos juntos, pero eventualmente, me ganó el sueño.

Cuando llegamos, la misma azafata que había visto reflejada en la ventana el día anterior se encontraba frente a mí.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas, me sonrió.

Nunca creí que volvería a verte, ¿me recuerdas Macanuela?

Creo que palidecí, me quedé perpleja.

La observé de arriba abajo, una y otra vez.

Era posible, claro que sí, esa mirada, esa sonrisa coqueta, esa melena rubia, era ella.

- ¡¡TONA!! – me puse a llorar.

Ella también se puso a llorar y se abalanzó a mis brazos. Nos abrazamos como uno abrazaría a alguien que renace de las cenizas.

Yo creía que la Tona estaba muerta, desde hace muchos años que la había dado por muerta.

No lo podía creer, todo esto era demasiado, era demasiado maravilloso para ser verdad, aquí estaba, frente a mí, viva, radiante, como yo la conocía.

Nos sentamos en un café y me explicó que tres años después de que cayó en coma, su madre había logrado trasladarla a Estados Unidos, donde lograron que recobrara la conciencia y que volviera a recuperar todas aquellas funciones que había perdido.

- Eso fueron años y años, no te imaginas –

- Creo que puedo intentarlo, pero en realidad es algo que no estoy ni cerca de conocer, ¿Pero cómo terminaste aquí? –

- El Andrés se vino a vivir aquí cuando yo me mejoré – se me hizo un nudo en la garganta, creí que gritaría, o me volvería loca.

- Viví con mamá unos años y luego me vine con Andrés que me consiguió trabajo como azafata –

Yo me había desligado totalmente de lo que la Tona estaba diciendo, nuevamente Andrés ocupaba mi cabeza y no sabía como preguntarle a mi amiga lo que quería saber.

- ¿Lo amas?

Abrí mucho los ojos, no sé porque hice eso, como si quisiera parecer extrañada por la pregunta.

- Lo amo.

La Tona se puso a saltar y a aplaudir, como si tuviera seis años.

- ¡Lo sabía! Yo sabía que ustedes iban a terminar juntos, pasara lo que pasara. Macanuela, él está esperándote, toda su vida ha estado esperándote, el problema fue que cuando yo me enfermé, el Andrés dedicó su vida a cuidarme, a encargarse de mí, para que mi madre pudiese aprovechar su beca y estudiar. –

Me pasó un papel, en el que salía una dirección.

- No puedo acompañarte, porque tengo que subirme a un avión en una hora más, pero si le dices a cualquiera de esos taxis que están allá afuera la dirección, te llevarán de inmediato, te prometo que cuando esté de vuelta podremos hablar, ¿Okay?

- Bueno amiga, deséame suerte –

- ¡No la necesitas! Jajá tú tranquila.

Nos dimos un último abrazo, fui a buscar mis maletas, tomé un taxi y me dirigí a la dirección que indicaba el papel amarillo que me había entregado la Tona.

Llegamos, estaba muy nerviosa, mis manos temblaban. Le pagué al taxista con el dinero que llevaba en el bolso pequeño, fue una suerte que me alcanzara.

Era una casa de madera, bastante bonita, acogedora.

La puerta estaba abierta, y dudé un segundo si entrar o no, pero reconocí, a través de la ventana, un cuadro que colgaba en la pared.

Entré.

Al fondo, había un enorme ventanal del que se veía una escalera apoyada. Di una mirada rápida alrededor, pero sabía perfectamente donde estaba.

Dejé mi maleta en la entrada, colgué mi bolso en una percha y me dirigí afuera.

Subí las escaleras. Ciertamente estaba menos flexible y mas temerosa, cuando llegué arriba una mano me ayudó a subir. No fui capaz de decir absolutamente nada, se posó enfrente de mí.

- Recordé que jamás me respondiste Manuela.

-

- ¿Te quedarías conmigo para siempre?

Fallé, no lo pude evitar, sentí caer lágrimas por mi cara.

- Sí Andrés, para siempre –

Sonrió. Jamás he extrañado algo como extrañaba esa sonrisa

Me besó, como nunca me había besado, como nunca había soñado que me besaba, como él, perfecto.