
Año nuevo
vítores escándalo
abrazos teléfonos abrazos mensajes abrazos rrrrrrrrrring rrrrrrrrrring (aunque hoy en día ya nada suena como ring)
año nuevo
te odio
¡fuegos artificiales!
podrían durar toda la noche
pero no
(se acaban)
los abrazos
los vítores
los escándalos
(en mi caso)
sola
recuerdo y lagrimeo torpe
sola
año nuevo
te odio
porque me siento sola
en
te odio año nuevo
los pertenecientes
colectivos
comunidades
comunitarios
juntos
año tras año
sin ellos
con otros
pero sola
duele
duermo
quiero que pase la noche
no sentirlo
el odio (año nuevo)
la soledad (solo mía)
y con años
y ese día (odioso)
algo se muere (dentro mío)
todos los años
muere
solo
En cada fragmento de recuerdo anterior hay un dejo de emoción pretérita que vuelve a coser una y otra vez aquel momento al presente, la mente se vuelve un tejido siempre en construcción de memoria fotográfica, de memoria afable, de recuerdos amables y desechables. Y entre puntadas, los trazos van perdiendo volumen y extensión, se van quedando cortos y sintéticos, pero en modo vivos con el tiempo, y en otro modo vivos nosotros.
Entre vida muerte risa llanto penumbra día cielo abrazo carta grito diente triza casa mano luz hambre frío color histeria violencia calma y calor, entre finas gruesas e infinitísimas personas y personalidades residimos en eternas mentes como trozos de una manta nerviosa, permanecemos como puntos de un tejido inconcluso y perenne que puede revivir nuestra vida sin nosotros.
El camino del justo tiene al menos doscientos infinitos, en la sabiduría ignorante pero en esencia puro de intuición, lleva atados en los dedos las cuerdas en que se sostienen sus articulaciones y aun teme equivocarse, no duda halar sus hilos.
El acontecer del justo es producto más que efecto azaroso del andar cegado, es más bien un movimiento como cualquiera porque si de justicia se trata quién delimita no acompaña el raciocinio del hombre común, sino más nada una noción maleable y desfigurable que grafica constelaciones indefinidas y subjetivas a ojos terrestres.
Y entonces, quién flanquea el camino del justo, quién tiene el pie en la tierra de la causa-consecuencia, en la hierba que irremediable crece en las fronteras del que siembra la honestidad con las estaciones, acaso el postergado de sí mismo para entregarse a la comunidad, acaso quien solo actúa en su función, en su posteridad, el del equilibrio tal vez, quién o quiénes, si es que no son todos o no es ninguno.
Hay un espacio transitorio en el fondo de mi mente, como una banda elástica dando vueltas sobre sí misma, emergiendo de las oscuridades y entretejida de luces por las fisuras de mi craneo.
En el deshielo nocturno se resiente cada uno de mis poros y a mis pasos llenos de castañeo van dejando tras de si imágenes amargas y explosiones involutivas, sin abreviaciones, calle a calle se materializaba la amargura que me tienta, iba perdiendo el equilibrio, jugueteando con el trozo de madera que no sostendría mi humanidad tensa y dolida.
¿Una suerte de mounstro?
Un ataque alienígena, una invasión de visitantes del futuro, yo solo pedía clemencia a mis nervios temblorosos, se fueron desactivando mis sonrisas de trazo, se fueron descomponiendo y fueron quedando vacías, en la contracción aturdida de todos los músculos rodeando mis ojos, el llanto me encontró una vez más en la soledad y en el suelo helado, con los nervios raídos y el amor muerto.
Y a primera hora ya mutaba mi cuerpo para obligarme a desaparecer... entre pruebas y simplezas del séptimo arte, me quedé y fui dejada a mi abandono.
¡Cuánto antes! ¡Siempre cuánto antes!
Pero ahora, dónde estás...
A momentos pienso que solo es mi mente jugando conmigo, traicionándome, pero qué es lo verdadero si es que mi mente miente, no tengo más verdad que esa sobre mí misma.
Buen tiempo ha pasado desde que una de mis películas solitarias no lograba el ansiado objetivo de torcerme el pensamiento hasta poner en mi entendimiento una opción a mis tormentos, hoy en la tarde tuve la suerte, pero, todavía no me decido.
Perdí el control, la concentración, la enfermedad no cesa, la comida es ansiedad, es malestar, el alma me repudia el cuerpo y mi mente se llena de cenizas, de humo negro, y comprendo que solo la expresión en voz alta de todos estos conflictos, productores de tanto caos, es la salvación. No puedo aún sacar la voz, y como el cuerpo es mezquino y sufre de resentimiento, me quita la voz.
Un voto de silencio, pienso quizás sería suficiente para empezar, para reencontrarme, volver a acallar mis disparatados pensamientos, volver a oírlos, en la calma de mi soledad, porque sinceramente ya no sé donde estoy, dónde están mis amigos, dónde está mi concentración, mi dirección, necesito centrarme, y no puedo encontrarme más perdida, me está volviendo loca.
Siento como se va nublando todo, y realmente no logro diferenciar entre aquello que es cierto y aquello que mi mente quiere adoptar como cierto para librarme del caos y retraerse a sí misma. Necesito saber dónde están mis pies, y saber que puedo elevarlos con libertad, quiero mi libertad, quiero sorprenderme, necesito (más bien) sorprenderme, o temo que se pierda todo.
Mientras tiembla, pienso que mi interior también se agita, tengo miedo a quedar muda, tengo miedo a perecer indiferente, porque sé que si no encuentro la solución a mis conflictos, voy a terminar lléndome, desapareciendo.
No quiero irme, me gusta esta vida, pero si no me emociona, si no me eleva, voy a terminar abandonándola. Y lo sé, porque mi piel se vuelve hielo y si no siento, la frialdad me vuelve a dibujar el cuerpo y me vuelve inmune cuando menos debo serlo, no quiero ser inmune, quiero que la emoción vuelva, pero no sé como traerla de vuelta.
Quiero mi vida, y voy a guardar silencio hasta que mi mente sepa como recuperarla.
Tengo monstruos enfrascados en los costados del cuello
mis hombros aguantan disecciones caricaturescas
bultos fangosos, vertientes mohosas y extremidades deformes.
La teoría del equilibrio acumula el temblor de la escalera vacilando en mi cuerpo, la estructura se fue desarmando con el movimiento, las piezas fueron quedando en la piel sostenidas y los peldaños se irán desmoronando, uno sobre otro, resbalando. Se van deslizando mis posesiones superiores y van apretándose dentro de mis pies, y la putrefacción sobre mis hombres va envolviendo los espacios que van quedando vacíos de materia viva, y por las cuencas vacías corre ese líquido espantoso, viscoso, azuloso, lustrando la opacidad de los años, se va inmortalizando en la piel muerta.
Cada escalón al desprenderse va quebrando una costilla, el espiral de escalafones se contrae alrededor de los pulmones y los va aprisionando cuál víbora sedienta, se oyen silbidos, las últimas inspiraciones resuenan con eco en el pecho que fue quedando hueco, y la boa ya no se esmera, el peso muerto se desmoronó fugaz hacia abajo, dejando el cuenco vacío.
Desde arriba comenzaron a desperdigarse las vertientes espesas por la piel fresca, la muerte viva, ardiendo aún, el pulso irregular y desgarrado del que no quiere soltarse. Flotando sin esfuerzo los pequeños monstruos se iban abriendo paso en el vientre atestado de gente, de colmillos pequeños pero cincelados, fisuras de luz, mínimas trizaduras en los huesos corroídos y fracturados por el exceso de peso, las criaturas iban construyendo sus cunas en el desalojado cuerpo, pequeños cuencos se iban endureciendo a los costados, y las vertientes se iban limpiando en su descenso, el líquido se hacía liviano y cristalino.
Los pies, perdidos entre la multitud, cedieron la presión y se abrieron en trescientas cuerdas de madera que perforaron la tierra a toda velocidad, una a una fueron enterrándose con violencia y de cada una salían doscientas más que ataban las raíces a la tierra por completo.
Las vertientes cristalinas hasta la transparencia, inundaron cada raíz y siguieron hasta la última de ellas rociando el agua pura y nueva, filtrada en huesos y tejidos despedazados, el contacto del agua con la tierra desencadenó un torbellino indefinido que se extendió por las raíces del cuerpo hasta la copa, rodeándolo, revistiéndolo, el torbellino fue tensando la piel, la fue secando hasta dejarla hecha madera, las cuencas interiores formaron pequeños agujeros en el exterior y cada pasillo que las corrientes de agua densa habían dejado al interior del cuerpo, ahora eran trazos y hendiduras en el tronco del árbol, los monstruos aún sobre los hombros reventaron en sus frascos, y entre vidrios y fango, se fueron trenzando en lo que antes fue cabello, las extremidades llevadas por el viento perdieron también la suavidad y eran madera tierna, ramas gruesas, ramas frágiles y minúsculas, se iban extendiendo, y de entre las ramas un frescor azulino pintaba las hojas que iban tupiendo la copa del árbol, reanimándolo.
"Me siento como en casa" es de aquellas expresiones que guardo solo para esos momentos verdaderamente cálidos, acogedores, tranquilos y amenos en mi vida. Tengo la suerte de que mi casa sea eso y tantas otras cosas.
Pero no había pensado antes en la expresión como un estado que se diera de modo permanente y sin distinción de lugar. Y ahora siento como si tuviera una casa andante, que en todos sus elementos conforman esa casa de mis pensamientos, bañada en luz solar, amable, cálida, ese espacio que cada uno construye sabiendo que es ahí donde encuentra cariño y cobijo, consuelo y descanso, amor.
La voz que escucho, grave, dulce y serena, es mi anestesia. Se filtra por mis poros y aquieta cada una de mis células, las adormece y me arrulla en el suave terciopelo de su timbre anesteciante.
La risa que oigo, el estrépito agudo e infantil, es mi juego más preciado, y la sonrisa de esos dientes caóticos, si pudieran verla como la veo, me enternece en los huesos y siento arremolinarse en todo mi cuerpo el calor pueril y enérgico que quiere jugar a enredarse con su cuerpo, a rodar, a morderse, a conocerse con la piel como lo hacen los niños.
Las manos que me acarician, me cosquillea la piel al momento en que presiente ese tacto encendido, familiar, que añora y que siente suyo. Sus manos tibias son en la oscuridad la cosa más paciente y bella, mi pequeño trozo de refugio, donde mis defectos, las inseguridades pareciesen desintegrarse en tierra.
Se amarran, se dibujan y se trazan las líneas de sus dedos, y me entrego a su caricia dulce e infinita. Y cuando no está, a mi cuerpo le falta una parte, la falta la mitad de su temperatura.
Y tu boca que es mi sentido, que me atrae como si de ella obtuviera el oxígeno, y me enloquece porque entre nuestros labios corre el amor en licor de fuego. Con cada beso mi cuerpo se vuelve menos denso y voy elevándome, despegándome, con cada beso voy evaporándome.
Y trazo mis manos sobre su rostro, sin tocarlo, y brotan chispas, truena entre mi piel y la suya, se esparce sobre mis manos y sube por mis brazos y quiero que piense lo que pienso, y quiero mandarle un mensaje mientras lo dibujo desde lejos, y pienso que lo amo, que lo amo, que lo amo con todas mis fuerzas, y hago lo imposible porque el amor se vierta entre mis dedos y rocíe su labios y su cuello, y no se detenga hasta envolver todo su cuerpo con mi amor que se muere por entrar en su cuerpo, por entrar en sus ojos, en sus pensamientos.
Dos ojos, ansiosos, tristes unas, con miedo otras, profundos y abismantes siempre.
Me observan como si fuese una suerte, cuando soy un caos, y la suerte no es más que la mía por encontrar una casa, por respirar, por beber, por tocar y por sentir el amor de mi casa, su amor.
Mi casa es dueño de esos ojos, de esas manos, de la risa y de la voz, de esos labios, de mi amor.
Tú eres mi casa, porque no hay nada que me haga sentir más en ella que tú.
Bienvenidos sean los 20. Feliz mes amor mío.
Y si puedo deshacerme en amor para convertirme en tu casa, seré la persona más feliz.
Tenerte en mi vida, a pesar de todo lo demás, me vuelve la dicha misma.
Y amarte como te amo, es el mejor regalo que me han dado nunca.